Cuando me vine al norte, ya sólo me quedaban la piel y los huesos. Al final, revisitaba ese paisaje de formas abruptas, impensadas, dispuesta a derribarlo con la mirada como un cañón. La quebrada de Tana me recordó entonces mi propia cicatriz, que al tocar mi vientre se profundiza en una frase dictatorial: “para que el que venga sepa que nosotros estuvimos aquí’”. Al mirar el horizonte, la línea que separa a la arena del agua y a ésta del cielo se mezcla en mi ojo, condensando un rayo de luz. Es el testimonio más real de mi propia vida.
Decido con este capítulo darle punto final a las historias absurdas. Decido que todo se acabará con la partida de la más pura sonrisa hacia la eternidad, la eternidad de Romeo que se encuentra ahora a más de 2000 km. de aquí; quién sabe si de altura, quién sabe si de profundidad. Él no entiende de distancias, sólo sabe que está muy lejos como para poder contarle lo mal que me siento a causa del frío invierno.
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